top of page

No hay “botón mágico”: combatir la desinformación exige criterio y alianzas

  • Foto del escritor: Gaston Wright
    Gaston Wright
  • 3 feb
  • 7 Min. de lectura

A lo largo de la conversación, Adrián Pino, de Proyecto Desconfío, recorre los orígenes del proyecto, los dilemas de liderar una organización de impacto en un campo sensible y el gran debate que atraviesa hoy el ecosistema informativo: la tecnología y la inteligencia artificial están acelerando el problema, pero también podrían convertirse en parte de la solución si se alinean la investigación, las políticas públicas y la colaboración entre actores. Una entrevista directa y necesaria para quienes trabajan en democracia, periodismo, tecnología y ciudadanía 


Adrián Pino, cofundador de Proyecto Desconfío.
Adrián Pino, cofundador de Proyecto Desconfío.

Gastón: ¿Qué experiencia o momento te llevó a involucrarte en la lucha contra la desinformación e impulsar Proyecto Desconfío junto con Soledad?


Adrián: En nuestro caso, el punto de inflexión fue observar el impacto de la campaña electoral de Trump en 2016. En ese momento, con Soledad Arreguez en el equipo de Datos Concepción trabajábamos principalmente en periodismo de datos. Ahí empezamos a notar que la desinformación dejaba de ser un fenómeno marginal para convertirse en un tema nuevo y de enorme impacto. Casi sin darnos cuenta, nos fuimos enfocando cada vez más: investigamos, probamos distintos enfoques, construimos hipótesis y en 2018 fundamos Proyecto Desconfío como una vertical dentro de Datos Concepción dedicada 100% a la desinformación. Con el tiempo, terminó convirtiéndose en nuestro proyecto principal.


Gastón: ¿Qué problema concreto buscaban resolver en el ecosistema informativo de América Latina?


Adrián: Entendíamos que la desinformación ya no era un conjunto de casos aislados ni algo impulsado por individuos en busca de un beneficio puntual, sino un fenómeno con efectos sobre la democracia. Empezamos a verla como una “nueva regla de juego” en las democracias: un elemento estructural que iba a crecer y agravarse.Cuando en 2018 formalizamos el proyecto, teníamos claro algo desde el inicio: no queríamos ser un proyecto de fact-checking, porque ya existían varios y valorábamos ese trabajo. Pero entendíamos que la desinformación era más amplia y exigía un abordaje integral: aprender a convivir con el fenómeno, pero también combatirlo mediante múltiples canales y estrategias.En ese camino fuimos consolidando a Proyecto Desconfío como actor de referencia y conectando con organizaciones complementarias. Nuestro trabajo, especialmente la formación de periodistas en desinformación, está estrechamente ligado a una pregunta central: cómo encontrar información confiable en un ecosistema descreído, donde la desconfianza crece justamente por el impacto de la desinformación.


Gastón: Desde tu experiencia, ¿por qué la desinformación se convirtió en una amenaza tan profunda para la democracia y la confianza pública en la región?


Adrián: Porque toca un punto muy sensible: la gente tiende a creer lo que quiere creer, más allá del grado de veracidad de un dato o de un hecho. Las campañas de desinformación estudian en profundidad la conducta humana y cómo interpelar a los usuarios para que caigan en trampas narrativas y adopten perspectivas basadas en información manipulada. Esa es su potencia: son penetrantes y emocionalmente eficaces.El problema no es solo el engaño puntual, no se trata únicamente de una estafa o una pérdida individual, sino el efecto acumulado: la erosión de principios básicos de la democracia y de las reglas de juego con las que se consolidaron nuestras instituciones.En muchos países, además, ciertos liderazgos replican patrones que desacreditan al periodismo y a cualquier actor que contradiga una afirmación emanada del poder. Esa dinámica alimenta una espiral que debilita la confianza pública y termina afectando gravemente la vida democrática.


Gastón: Proyecto Desconfío trabaja en la intersección entre la tecnología, el periodismo y la ciudadanía. ¿Cómo evaluás hoy el rol de la tecnología: es más parte del problema o de la solución?


Adrián: Hoy se mueve muy rápido el desarrollo tecnológico en relación con la desinformación. La irrupción de herramientas de inteligencia artificial, y sobre todo su uso masivo y de fácil acceso, está complicando aún más las cosas: permite campañas más grandes, más baratas, más creíbles y más difíciles de identificar.Además, vemos que el ecosistema que busca promover la confianza y la buena información todavía trabaja demasiado aislado, lo que dificulta la construcción de soluciones rápidas. En la práctica, la tecnología viene corriendo de atrás para entender el uso que hacen quienes desinforman. Por eso, hoy, la tecnología termina siendo más aliada de los desinformadores que de quienes buscan combatirla. Trabajamos para revertir eso.  


Gastón: ¿Qué impacto concreto vieron en los últimos años y qué aprendizajes clave te dejó trabajar con comunidades de periodistas y organizaciones?


Adrián: El cambio más notorio es que periodistas y redacciones entienden cada vez más que la desinformación no es un problema aislado ni algo “solo para fact-checkers”: está en el corazón de la producción y circulación de la información con la que se nutren los ciudadanos.A través de capacitaciones, se fue instalando una idea clave: para periodistas y organizaciones de la sociedad civil que apuestan por valores democráticos, comprender la dinámica de la desinformación ya no es opcional; es una necesidad. Y eso es lo que nos caracteriza en Proyecto Desconfío: entrenar líderes en habilidades para la detección y el combate estratégico a la desinformación. Lo más difícil suele ser abandonar la expectativa de “herramientas mágicas”, de apretar un botón y decidir si algo es verdadero o falso. Eso no existe. Lo que hay que construir son criterios, intuición y comprensión del fenómeno.En términos de impacto, tristemente vemos casos vinculados a elecciones manipuladas, campañas que denigran actores políticos o tergiversan la voluntad de los votantes. Y en América Latina aparece un patrón regional: se repiten actores, agencias y dinámicas que se desplazan de país en país, como Chile, Perú, Venezuela y otros, con mecanismos muy similares. A nosotros nos llevó años identificar esa repetición.


Gastón: ¿Cómo pensás el equilibrio entre combatir la desinformación y proteger la libertad de expresión, especialmente en países con instituciones frágiles?


Adrián: La experiencia muestra que muchos intentos regulatorios orientados a “castigar la desinformación” tarde o temprano terminan afectando la libertad de expresión. Por eso, como organización, creemos que los marcos regulatorios deben ser extremadamente cuidadosos: en la práctica suelen ser poco efectivos y abren riesgos de censura.Donde sí vemos un espacio relevante es en la regulación de las plataformas: estándares, transparencia, procedimientos y responsabilidades sobre cómo operan frente a ciertos contenidos. Ahí hay un capítulo para avanzar en normas que ordenen incentivos y prácticas, incluyendo lo que antes se hacía mediante alianzas con fact-checkers en distintos países.Y hay otro punto que todavía no está resuelto: no existen mecanismos seguros y estandarizados para almacenar desinformación con fines de investigación. Ahí la academia podría hacer aportes enormes: impulsar una investigación más escalable, articular con plataformas para que el material acumulado pueda convertirse en evidencia de estudio y mejorar nuestra comprensión del problema.Pero el riesgo de afectar la libertad de expresión siempre está presente; por eso es clave una sociedad civil activa que ponga límites cuando las iniciativas regulatorias se desvían.


Gastón: Liderar una organización de impacto no es solo una tarea técnica. ¿Qué problemas personales y organizacionales encontrás al liderar el Proyecto Desconfío junto con Soledad?


Adrián: Son varios. En lo organizacional, para proyectos pequeños, es muy valioso contar con respaldo institucional, como el de Civic House, porque fortalece la operación diaria en áreas que no son nuestra especialidad y nos libera tiempo y energía para concentrarnos en aquello donde podemos aportar más.En lo personal, hay un tema delicado: cuando uno desenmascara redes o agentes dedicados a la desinformación, los ataques personales son una vía frecuente para desalentar el trabajo. No es nuestro caso en el nivel más extremo, pero lo han sufrido organizaciones cercanas. Por eso insistimos mucho con periodistas en medidas de seguridad digital: cuentas, contraseñas, dispositivos, prevención de hackeos y cuidados básicos.Y después está la frustración: el problema no se frena, sino que se agranda. Hacés esfuerzos, generás alianzas, construís capacidades, instalás el tema en la agenda… y aun así las campañas siguen operando y mutando. Pero esa frustración también confirma algo: el trabajo aislado no sirve. Esto se aborda en conjunto o no se obtienen resultados significativos y por eso impulsamos alianzas como la Cu,mbre Global sobre Desinformación.


Gastón: América Latina tiene una larga historia de crisis democráticas y transiciones. ¿Qué aprendizajes regionales creés que todavía no estamos aprovechando lo suficiente frente a la desinformación digital?


Adrián: Las idas y vueltas democráticas forman parte del ADN regional. Y, en ese marco, hay un punto que la desinformación explota sistemáticamente: ataca al periodismo como fuente de información confiable para abrirse paso y penetrar.Por eso, un aprendizaje clave que deberíamos priorizar es fortalecer el periodismo como garante de información de calidad. Hay que recuperar esa bandera y distinguir con claridad las operaciones de prensa del periodismo profesional. Necesitamos periodismo para acceder a información confiable en un ecosistema saturado de manipulación.Cuando hay libertad de expresión y periodismo de investigación, las sociedades están mejor preparadas para frenar intentos de debilitar la democracia. El problema es que el ecosistema de medios está en crisis: financiamiento, precarización, debilidad institucional, y no está claro cómo va a evolucionar. Pero hoy no tiene reemplazo: no existe un actor equivalente que garantice información confiable con métodos, procedimientos y equipos preparados. Fortalecerlo debería ser una apuesta regional.


Gastón: Pensando en los próximos años, ¿qué cambios tecnológicos, políticos o culturales te preocupan más y cuáles te generan mayor esperanza en relación con el trabajo de Proyecto Desconfío?


Adrián: Me genera expectativa que la inteligencia artificial pueda convertirse en parte de la solución y no solo del problema. Si se adopta con fines positivos y orientados al fortalecimiento democrático, puede aportar mucho. En Proyecto Desconfío siempre exploramos tecnología para monitorear el ecosistema informativo e identificar narrativas; ahí la tecnología es clave.Lo que me preocupa es el descreimiento generalizado. Si el sistema educativo formal no lo aborda como problema, es posible que terminemos en una desconfianza indiscriminada donde nada es creíble y eso puede ser muy grave.Y también me entusiasma cuando hay alineación: cuando las iniciativas de la sociedad civil encuentran sinergia con las políticas públicas, el impacto positivo puede llegar rápido. Ojalá veamos más gobiernos que escuchen e incluyan a la sociedad civil en sus agendas de mediano y largo plazo, y no solo en respuestas cortoplacistas.


Gastón: Para quienes hoy quieren trabajar en tecnología e impacto social, ¿qué consejo les darías desde tu experiencia, más allá del tema de la desinformación?


Adrián: Lo primero es entender que los aliados importan: hay que trabajar en red, construir alianzas y sostener vínculos que maduran con el tiempo. No se construye confianza de un día para el otro, ni conviene pensar las alianzas de manera cortoplacista buscando un beneficio inmediato. Nuestro aprendizaje más fuerte es que la confianza acumulada a lo largo de años —6, 7, 10—  es el principal capital de una organización y una condición para generar impacto. Sin redes y trabajo mancomunado, los resultados suelen ser menores y menos sostenibles.

Y lo otro es no abandonar la investigación. Una organización que quiere generar impacto necesita producir conocimiento propio y nutrirse de conocimiento ajeno para entender una realidad que cambia con rapidez. En el ecosistema digital, las reglas del juego se transforman constantemente: lo que funcionaba antes puede dejar de funcionar; aparecen nuevos actores y tecnologías que reconfiguran todo. Hay que estar actualizado casi como una tarea cotidiana: así como uno se alimenta, también tiene que “alimentarse” de información para tomar buenas decisiones en el momento oportuno.

 
 
 

Comentarios


bottom of page